Inocencia

En un reino lejano ocurrió una peste: la fiebre de las praderas. Nadie sabe cómo llegó, ni tampoco cómo curarla, pero las personas que vivían apartadas de las grandes comunidades comenzaron a enfermar con conclusiones fatales.

Loretto era un pequeño, pero próspero pueblo de este lejano reino.

Era una noche fría y lluviosa, cuando una preocupada familia se aproximó a la entrada de sus murallas, los guardias, que tenían instrucciones estrictas de no abrir las puertas a nadie, conmovidos por las ropas húmedas de aquella familia, solicitaron una audiencia con el maestre para decidir el destino de aquellos extranjeros.

En un pueblo pequeño, se esparcen rápido los rumores. Antes de media noche, todo el pueblo discutía sobre el destino de aquella familia. “Son de la pradera!” gritaba enfurecido el herrero, quien tenía una gran familia, “si los dejamos entrar, dejaremos que la peste entre al pueblo, y habrán muchas muertes”. El carnicero, una persona solitaria, pero increíblemente amable y altruista, creía que lo correcto era dejarlos entrar: “tienen frío, y está lloviendo, no importa si están o no están enfermos, dejarlos afuera es inhumano”.

Todos discutían, intercambiando opiniones, todos, a excepción del cocinero, quien totalmente absorto de lo que pasaba a su alrededor, solo le preocupaba que la sopa tuviera suficiente orégano.

El maestre, hombre sabio y de avanzada edad, quien había logrado hacer próspero a un pueblo tan pequeño desde sus tempranos años de tutela, decidió que sería mejor dejar que el pueblo le ayudara en esta decisión tan delicada, para evitar revueltas en el futuro.

El sol aún no había salido, cuando el pueblo se reunió en un granero para discutir el destino de la familia. Todos expusieron sus razones: los que creían que la familia no debería entrar, entre ellos, el herrero. También los que creían que la familia debía ser acojida, entre ellos, el carnicero.

El carnicero habló con tanta razón, y de forma tan elocuente, que convenció a todos en el pueblo de que la familia debía ser acogida; todos en el pueblo estaban convencidos, todos, a excepción del herrero, quien amaba a su familia más que a nada, y el cocinero que nunca emitió su opinión.

La reunión finalizó con la decisión de dejar entrar a aquella familia, se alojaron en la posada, donde la moza les brindó un cálido hospedaje.

Hasta el día de hoy, las murallas de Loretto continúan cerradas debido a la cuarentena, y de sus habitantes solo se sabe que ninguno sobrevivió a la terrible fiebre de las praderas, sólamente se sabe eso y que el cocinero no tuvo la culpa de tan terrible decisión.

Advertisements